miércoles, 2 de febrero de 2011

LA HORA CERO EN LOS LABERINTOS DE LA VIOLENCIA

En tiempos de cuarta república, segundo gobierno de Rafael Caldera, dos hechos ocuparon las primeras planas y los noticieros estelares de los medios de comunicación: una huelga de médicos del sistema público de salud por reivindicaciones salariales y el atraco al Urológico San Román con rehenes, delincuentes muertos y policías heridos. Ahora, recién vimos el estreno en Valera de la película del cineasta venezolano Diego Velasco, La hora cero (2010), que cuenta durante la huelga de médicos del 96 la historia de un secuestro al personal de una clínica privada por un delincuente apodado << La Parca >> – interpretado por el artista de hip hop,  Zapata 666 – y su banda para salvar la vida de una chica herida de bala en una operación de sicariato. Velasco conduce su historia por los trágicos laberintos de la violencia, cuya representación ha significado una constante en las preferencias temáticas de los cineastas venezolanos.
Ciertamente, nuestra tradición revela una indagación predominante en las situaciones de violencia que producen personajes ubicados al margen de las valores culturales, sociales y políticos de la sociedad venezolana, náufragos  de la marea humana en cuya identificación es posible reconocer el carácter determinante de la violencia.  Deseo (o decisión) de hacer cine por dinamizar una comprensión del fenómeno en los acontecimientos y la cotidianidad del venezolano, que compromete los modos de representación, las urgencias creativas y las posturas ideológicas tanto por la tradición como por la contemporaneidad. En el caso de la tradición, que ubicamos arbitrariamente en el cine de los setenta, este proceso, cuya producción de ficciones comenzó a presentar ciertas preferencias y afinidades temáticas, la crítica local suele asimilarlo al producto de un modelo autoral coherente, construyendo una identidad estable como si se tratara de  una suerte de movimiento nacional que esa misma critica nombró como el Nuevo Cine Venezolano. No obstante, mi hipótesis apunta en la perspectiva de que la experiencia autoral (de director-productor) que se inicia con ese llamado boom del cine venezolano, constituye una figura en crisis mediatizada por el objetivo de conquistar los públicos espectadores y presionada por la necesidad de reconducir los criterios narrativos y la búsqueda de otras formas expresivas. Sin embargo, abundante agua ha corrido por debajo de los puentes hasta  el estreno de esta ópera prima de Velasco; en cualquier caso, una dinámica histórica, desarrolla procesos de permanencia, sustituciones y transformaciones de los paradigmas y anima  innovaciones y rupturas.
No obstante, La hora cero, adquiere características muy distintas al cine de los setenta. Con acentuado uso de la acción que roza situaciones de inverosimilitud e ironía,  Velasco, rechaza cualquier pretensión de hacer sociología con el tema de la pobreza. Construida con recortes de la televisión, el humor de la radio rochela y  algunas salidas en clave de parodia, Velasco bebe indistintamente del cine independiente como del cine hollywoodense puro y duro. Bajo los presupuestos de la industria, con salvación de último minuto y merecido castigo y mofa de los malos, acción trepidante como nunca jamás en el cine venezolano – por primera vez una producción nuestra contrata los servicios profesionales de una empresa calificada en la filmación de escenas de alto riesgo para cine y TV –, chistes fáciles y algunos tópicos en procura de matizar el ritmo agotador y vibrante, Velasco construye y subraya en su film las características del cine de acción como género,  al que aporta elementos con los  que redunda en los tópicos o por el contrario los subvierte, pero aún más interesante, muestra  conductas desmedidas, actitudes de supervivencia y relaciones de liderazgo que problematizan la lectura del antihéroe. Muestra el drama de La Parca en la perspectiva de una tragedia personal. Dos aspecto son destacables: uno, que constituye una de sus fortalezas, la presencia de  actores no profesionales representándose a sí mismos con formas características del malandro local excelentemente interpretado y, otro, que para mis pareceres constituye una debilidad,  el tratamiento simplista que reduce a la caricatura el papel del reportero, anulando la observación crítica del rol de los medios en la  comunicación de la información.
Finalmente con una pieza prima,  coherente al uso del género como opción para pactar con el público su recepción, Velasco se ha dado con mucho en una temática de recurrencia. Su  lente reúne una doble mirada que muestra al interior de la clínica para exponer una situación de violencia extrema, terrible y absolutamente deshumanizada y hacia afuera, del lado de los funcionarios civiles  y policiales, donde el crimen subyace a la sombra del poder.  Ambos, fenómenos de una misma pesadilla, mucho más acá de la coincidencia con los tiempos y los hechos referenciados (y documentados) que quise comentarles al principio de esta nota.
LA HORA CERO, Venezuela, 2010. Dirección: Diego Velasco. Guión: Diego Velasco y Carolina Paiz. Producción: Carolina Paiz y Rodolfo Cova.. Fotografía: Luis Otero Prada. Elenco: Zapata 666, Amanda Key, Laureano Olivarez, Erich Wildpret, Marisa Román, Albi de Abreu, Alejandro Furth, Steve Wilcox, Rolando Padilla, Beatriz Vázquez y Ana María Simon.

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